lunes, 16 de julio de 2012

Atareada

Hoy prometo sentarme a contaros el sábado tarde y el maravilloso domingo. Ayer me pudo el cansancio y no tuve tiempo de contar todo lo que quise. Tendremos que relajar el ritmo porque no lo aguantaremos más de unos pocos días así. Teniendo tanto tiempo por delante, debemos tomarnos las cosas con más calma, y no intentar aprovechar hasta el último segundo del día. Es divertido, pero no muy sano.
Esta noche, os prometo narrar lo fantástico de estos dos días.

sábado, 14 de julio de 2012

Toma de contacto.

Estoy sin palabras. Llevo cinco horas en la ciudad, y sé que quiero vivir aquí para el resto de mis días. El objetivo era salir desde Harlem hasta chelsea para disfrutar un desayuno en el TICK TOCK DINNER. Había oído hablar de él por la red, y pensé que por su acertada posición, junto a una tienda de nuestro interés, estaría bien desayunar allí, porque como dice Judi "Un gran viaje, debe empezar a lo grande":
Hoy nuestro objetivo era Chelsea por haber allí una tienda llamada Jack's 99cents. Ya os podéis imaginar porqué la hemos escogido. Venden comida a un dólar, y artículos básicos para el hogar a buen precio. Leche y pan de molde de calidad suficiente para un viaje de nuestro presupuesto. 

Ah! Tengo que mencionar que probablemente la salida nocturna a las cuatro y media de la mañana se debiera a los dos franceses que ahora ocupan el cuarto contiguo. Apenas los hemos visto, pero hemos intercambiado unas breves impresiones de la ciudad.

Tras comprar nuestro bono semanal de transporte nos sorprendemos en un metro enorme, viejo y sucio, pero eficiente a más no poder.

En una misma estación hay como 5 vías, para que los trenes exprés no obstruyan la vía de los trenes regulares. No había ninguna masificación de gente. Puede que se deba a que eran las ocho de la mañana de un sábado. Nada más bajar del metro empezaron los problemas. En Chelsea el subway se junta con un entramado de lineas y además con el tren que conecta con Nueva Jersey y las ciudades cercanas. Habremos estado cerca de 15 minutos paseando bajo la ciudad, por un entramados de galerías subterráneas, ahora tranquilas, con algunas diligentes personas que van y vienen a su ritmo. Podría equipararse al movimiento habitual de gente en el metro de Valencia. El caso es que ya con ganas de salir a la superficie, y abandonar el aire viciado de allí abajo, me acerco a una tienda donde una mujer finge vender chicles. Atentos a la conversación:

"Hola. ¿Podría ayudarnos? Queremos subir arriba, pero no podemos.  Han pasado como quince minutos, y creo que nos hemos perdido."
La chica se tapa disimuladamente la boca al principio, pero consciente de que la sonrisa es tan grande que no se puede ocultar suelta una pequeña carcajada. Al ver que nos reímos también recupera un poco la compostura y nos indica como salir de aquel infierno cubierto.
Y entonces, cuando por fin salimos, giro un poco la vista y me encuentro con esto:

Me quedé sn palabras. Judit no. Ella hablaba alegremente sobre lo larga que era la calle que había enfrente. No podía ser. Ah, claro, aún no lo había visto. La cojo de los hombros, y la giro hacia el edificio, y entonces sí: enmudece.
Lo curioso de todo el asunto es que este edificio ni siquiera aparece en las guías, no es nada especialmente destacable, pero claro, ¿Como serlo si está justo al lado del mítico Madison Square Garden?

El bombardeo de información nos dejó desituadas unos momentos, pero pronto pudimos ubicarnos y encontrar lo que buscábamos. El TICK TOCK DINNER, atestado de americanos y turistas americanos, despedía una mezcla de olor a bacon, sirope y chocolate. Queríamos un desayuno americano, pero no teníamos estómago para nada fuerte, así que optamos por lo más apetecible:

No pudimos esquivar el cafe americano de nuevo. Empiezo a cogerle el gustillo, pero no he podido evitar añadirle un poco de crema de leche. La razón es obvia:


Igualmente fuimos incapaces de acabar el delicioso plato de tortitas. Nos hemos dicho que otro día, haremos un brunch, y tomaremos unos huevos como Dios manda. Pero cuando nos hagamos un poco más al "american style".

Tras el desayuno encontramos la tienda que buscábamos, y como aún faltaba un tiempo para que abriera, dimos una vuelta por alrededor, y al girar la 34, no encontramos a sólo un par de manzanas con el icono de la ciudad.


No pudimos evitar acercarnos a su base para sentir la sensación de inmensidad que tuvimos al salir del metro. Ahí empezamos a familiarizarnos con la vida newyorkina. Un hombre que nos invitó a visitar el ESB, nos preguntó que cómo era que no queríamos subir. Le contestamos que íbamos a estar para un mes y que teníamos tiempo de sobra, y su cordialidad fue máxima. Estuvimos como 5 minutos hablando con él, y nos fuimos de allí con una buenísima sensación. No podría contar todas las conversaciones que he tenido en 5 horas, pero han sido muchas. Una mujer de negocios incluso se ha parado con su maleta a nuestro lado para preguntarnos si necesitábamos ayuda con el metro. No sólo nos ha indicado el camino, sino que una vez llegado a la bifurcación, ha dado media vuelta sobre sus pasos para rectificar nuestro camino y que no nos equivocáramos. Fascinante. Hay un respeto por todos lados que ralla el surrealismo. A un hombre se le cayó un bolso de un puesto de la calle, y cuando me he acercado a recogerlo, me ha dicho alegremente "You are the best"
Increíble. Tras comprar y tener una agradable experiencia en el supermercado hemos vuelto a casa sin percances, acostumbrándonos poco a poco al entramado del metro. En breve nos prepararemos unos sandwiches y marcharemos a atravesar central park, para averiguar dónde está la escuela. Daremos una vuelta por el upperW, y volveremos para recibir mi maleta perdida, justo antes de ir al anochecer a Times Square a visitar la oficina de turismo.

Esto es increíble.





Recibimiento en nuestro piso.

Un típico piso americano, con la típica entrada americana. El 1827 de la 7a avenida, en la mismísima puerta norte de central park. Todo lo que diga va a ser poco. La mujer se deshizo en cuidados y el piso estaba bien limpio. Hay dos chiquillos extraordinariamente educados, que no han hecho un ruido en toda la noche. Dudo incluso de que hallan dormido aquí.
Ayer tras las llamadas de rigor nos intentamos mantener todo lo despiertas posibles sin mucho éxito. A las 10 ya dormíamos como angelitos. Sobre las 6 estábamos despiertísimas, y nos tomamos un tiempo para espabilarnos. La ducha de rigor nos ha preparado para afrontar el día.

¿Lo más chocante? El silencio. La tranquilidad de un pueblo en una zona tranquila y silenciosa, solo que en la ciudad cosmopólita más maravillosa del mundo.

viernes, 13 de julio de 2012

Primeras horas en NY

Las copiosas comidas del avión no consiguieron dormirnos. Y de hecho ahora a las 9:40 p.m., hora newyork, aún nos resistimos a coger la cama, sobrecargadas por la cantidad de información.
Yo, pese a todo, no estoy triste. ¿Por qué debería estarlo? Se perdió mi maleta. Bueno, sigue en España todavía, y hasta mañana a las 5:00 p.m, no llegará. Por suerte fui precavida y guardé unas mudas y el pijama en la maleta de mano, para ir sobre seguro. Y lo hice bien.
Supongo que todo este lío del equipaje tendrá que ver con la facturación tardía a NY, que os contaba anteriormente. 
El trayecto en taxi, fue la primera toma de contacto con EEUU, y me resultó de lo más impactante. Casas prefabricadas por todos lados, una cantidad de tráfico horrible, y algún que otro partido callejero. Llegamos en poco tiempo a la finca, y la recepción fue espectacular. Steph ha resultado una impoluta anfitriona. Tiene un hogar agradable, y dos chiquillos también. Nos ha dado un plano del metro, una lista casera con restaurantes y supermercados cercanos, y nos ha recomendado mil sitios para ir. Es una mujer agradable, y sus hijos también lo son. El mayor se ha ganado mi confianza cuando le pregunté su nombre y me contestó: "Spiderman.. ay, no no, Prinston"
Es una familia adorable. La historia de aduanas me la reservo para España. Aquí os dejo unas fotos recién sacadas de la habitación:



Llegando a la gran manzana


En comunicación con España, desde algún lugar del Atlántico.
Transmito directamente desde el avión, en vuelo IB6251.
El vuelo hacia Madrid ha sido… deprimente. Una mujer que se sentaba a mi lado llamada Maribel, viajaba hacia Venezuela para ver a su marido tras unas duras sesiones de radioterapia para superar un cáncer. A ella le encanta viajar, y a ha vivido en Boston muchos años con su hija, que de hecho está estudiando allí. Maribel ahora está desempleada, pero está feliz. Planea volver a Boston para Navidad. Al parecer Boston es la mejor ciudad del mundo. Hace poco tuvo una experiencia en España que renovó su amor por los EEUU.  Me ha recomendado un supermercado baratísimo si voy a Boston. Ya os podéis imaginar, lo rápida que se me ha pasado la hora.
Por fin una vez habiendo llegado a Madrid me encuentro con la feliz noticia de que mi próximo vuelo, y todos los de Iberia, se cogen en la terminal en la que he aterrizado. Asiendo bien mi preciada tarjeta de embarque, me voy en busca de mi “fellow traveller” Judith
Así que allí estaba yo, en la terminal cuatro, una hora y media después de la hora prevista, pero tranquila al fin y al cabo, porque estaba en la terminal correcta, (ventajas de viajar con una misma compañía). No obstante, nada más bajar del avión Judi me ha avisado de que tenía que ir a la puerta de embarque U70, y que ella me esperaba allí. Entonces hecho un vistazo en derredor, y veo un cartel que indicaba con metálica frialdad a dónde me podía ir, quiero decir, por dónde podía ir. Las cuatro secciones de embarque eran M,R,S,U, insisto: TODAS DENTRO DE LA MISMA TERMINAL.
Y allá que voy yo, siguiendo los letreritos por un pasillo extraordinariamente largo, cuando estoy llegando ya al final del pasillo, me topo con un ascensor que indica bajo cada letra, un número de minutos. En mi caso, el vinilo amarillo debajo de la letra U, ponía 23 minutos.
¿23 minutos? Miro de nuevo el número. No es una pantalla, es un adhesivo. Luego debe de indicar un dato que no suele variar. ¿23 minutos? ¿No será ese el tiempo de llegada? Con mi cara de circunstancia, mientras el ascensor se acercaba, pasa acertadamente alguien con camisa blanca con pinta de trabajar allí. Justo cuando le voy a preguntar, alguien se me adelanta. En efecto, son 23 minutos de trayecto hasta las puertas de embarque U. Increíble. Increíble. Me veo arrastrada por la masa de gente dentro del ascensor, y justo al llegar al nivel inferior, nos encontramos ante unas puertas y un cartel luminoso: EL PRÓXIMO TREN LLEGARÁ EN 30 SEGUNDOS.
¿¿TREN??
Si, tren, todo metálico y práctico, sin apenas asientos, y yo allí anonadada, maleta en mano, mochila en espalda, y riñonera en… en los riñones vaya.
Si alguien se lo pregunta, despejo la duda: de ninguna manera se tarda únicamente 23 minutos. Por lo menos han sido 30. Antes de llegar a la terminal, el control de pasaportes fue rápido. Cada vez que miraba la hora, no podía más que dar gracias por tener ya la tarjeta de embarque del vuelo hacia Nueva York.
Las letras de los letreros iban desapareciendo. Primero había carteles con tres letras: R,S,U. Después desapareció la R, y yo pensaba que Barajas estaba “jugando” conmigo. Cuando la letra S desapareció también, y quedó sólo la U, pensé que era el siguiente pasillo, y no me equivocaba, pero las puertas empezaban, como dicta la lógica en el número uno. Volví a mirar el sms de Judith, y evalué la prodifundidad del pasillo. Resignada caminé rápido hasta la puerta 70, donde, como una vieja amiga, esperaba Judi guardando sitio en los primeros puestos de la cola de embarque.
La suerte nos acompañó cuando al subir al avión, una chica fue instada a intercambiar su sitio conmigo, permitiendo así que Judith y yo nos sentáramos juntas. Esto ha ocasionado nuestra primera deuda estadounidense: le debemos una cerveza.
Por ahora, aún quedan seis largas horas de viaje, que pese a todo, se están pasando amenas compartiendo las inquietudes de qué haremos en la gran manzana. La comida de abordo no ha resultado un fiasco, como dicen los clichés. Lo mejor ha sido el resopón: el primer café americano, servido en tierra de nadie. Tras eso, y con nostalgia de mi Europa natal, un té con leche entre pecho y espalda, me ha mantenido con las reservas de cafeína llenas, y con ánimo de soportar el jetlag.
Recién hemos rellenado un papel asegurando que no portamos bichos venenosos ni écoli, y ahora trataremos de hechar una siesta, para no tener ganas de dormir nada más llegar al aeropuerto.

Subiré esta entrada nada más llegar al piso, tras realizar las llamadas de rigor.
Y cuando lo haga… ESTARÉ EN NUEVA YORK!

Primer contratiempo solventado.

Aún esperando a embarcar en la R53, mi nombre a sonado por megafonía. El salto que he dado ha sido memorable.
"Ay madre," pensaba yo, "¿y ahora qué? Me quedo en tierra fijo."
A continuación me dirijo a la r51, como me instaba la voz magnetizada. Y... Tienen mi tarjeta de embarque. El sistema estadounidense está felizmente restaurado. :)

Esperando en la terminal

R53 es mi puerta de embarque. Todo ha ido bien entrando en la terminal. Es la primera vez que no pito. Despedirme de Alex no ha sido muy agradable, pero la excitación de este gran viaje me tiene animada. He tenido un momento de dudas cuando al llegar al aeropuerto bien pronto, el servidor de comprobación de papeles estadounidenses daba problemas. No tengo todavía mi tarjeta de embarque Madrid-NY, pero al parecer me la darán en cuantito llegue a Barajas... Siempre que el servidor no siga caído. Otro contratiempo ha sido que me han reservado un asiento en el avión de NY, y no sé si Yudi tiene o no su tarjeta de embarque. Espero poder arreglarlo para ir juntas. Sino, siempre queda la esperanza de que alguna persona nos quiera cambiar el sitio.