Todo estaba muy bien ambientado, y vi animales fascinantes. Saqué fotos preciosas.
Me encantó poder escuchar las conversaciones de las familias, e iba con la cámara de video tras de ellos grabando, para que veáis como es aquí la educación parental.
Podría poneros como 80 fotos del zoo, de animales extrañísimos y paisajes fascinantes de allí, pero no tendría suficiente blog. De hecho, en salir del zoo, tuvimos que volver y hacer una parada en casa para recargar las cámaras, que estaban agotadas de tanto trabajo.
Antes de llegar al zoo, saqué unas fotos del barrio, fascinada por los contrastes que hay en Nueva York. La verdad es que sí que noté que la gente del Bronx parecía mucho más "barrio bajera", pero había buen ambiente en la calle en la que estuve, y no se vieron comportamientos sospechosos por ningún lado. Cierto fue que la gente iba más a su rollo, y no te habla tanto como en Manhattan.
Hice mi primer trayecto en un metro elevado, y no me gustó nada. Si algo me he de quejar de verdad de este día es del metro cuando sale de Manhattan: NO TOLERO EN ABSOLUTO PASAR POR DEBAJO DEL RÍO EN METRO. Ya le he dicho a Judi, que no me gusta nada salir en metro sumergido de Manhattan, y la próxima vez que vayamos a Brooklyn, lo haremos mediante otro medio de transporte.
Volvimos a Manhattan en metro y fuimos a casa para descansar una hora, y que todos recargáramos baterías, antes de salir a cruzar el puente de Brooklyn al atardecer.
De camino allá quedé convencida de no volver a tomar un metro submarino, y me alegré mucho de estar en tierra firme cuando salimos en Brooklyn. Brújula en mano, tardamos unos minutos en ubicarnos allí, y descubrir la oculta subida al puente. El sol se ponía a las 20:21h. A y media llegamos allí, con los últimos rayos de sol desapareciendo.
Conforme pasaban los minutos y paseábamos todo lo tranquilas que nos permitía el puente, la ciudad se iba iluminando lenta, pero inexorablemente. El Empire State que en un principio pasó desapercibido para mí, se iluminó a lo lejos en todo su esplendor tras el puente de Manhattan que veis en la foto anterior. Aquí el Empire State, recortado sobre el atardecer NewYorkino.
Pese a que en todos lados aparece que el puente de Brooklyn se cruza en 20 minutos, tardamos más de una hora en llegar al otro extremo en Manhattan.
Cuando llegamos al otro extremo, era noche cerrada, un sábado noche en Nueva York.
Debido a que el viernes estuvimos bastante aplancadas en casa, y que yo estuve mala, y hoy me encontraba llena de energía, no quisimos acabar ahí el día, que ya de por sí había sido perfecto, y nos fuimos a visitar TIMES SQUARE POR LA NOCHE.
Nuestra intención era cenar por allí, pero se nos olvidó hacerlo entre tanta maravilla. Si ya me había parecido una plaza inmensa por el día, por la noche, su verticalidad se hace más evidente. Había espectáculos por todos lados, gente sacándose fotos con extraños personajes, colas inmensas que salían de los restaurantes más lujosos, descapotables rojo fuego, limusinas por todos lados, hamers rosas de 5 metros de largo, y mil cosas más. Hay incluso un museo de las cosas más extrañas que os podáis imaginar:
Mirad la plaza por la noche, como brillaba:
| Sábado noche en Times Square, en torno a las 12:00 a.m. |
| Alba totalmente deslumbrada por las luces |
Conocimos a algunos viajeros perdidos buscando aventuras por la gran Manzana, y hablé con un montón de gente ansiosa por saber qué habíamos hecho ya allí y qué nos había parecido. Me percaté de que la gente que había en Times Square, eran todo turistas, exceptuando la gente que hacía cola en los lugares exclusivos para cenar un par de metros sobre el nivel del suelo, y poder mirarnos por encima de su menú de 150$.
De pronto un olor nos llegó desde algún recóndito lugar en la plaza, y nos descubrimos hambrientas perdidas en la gran manzana. Judit se enfrascó un McMenú espectacular, mientras yo me contentaba con una hamburguesa con queso. Compré 2 de ellas, por 3$, y conservé la siguiente para comer quizá al día siguiente: se me hacía imposible, entre tanta emoción, comer. Eso sin olvidar que rozaban ya la una de la madrugada.
Volvimos a casa saciadas, -unas más que otras-, sin percances. Cogimos la cama con gusto, pero tardamos en dormirnos charlando sobre la ciudad, sus maravillas, y pensando quizá qué otras aventuras nos esperarían mañana.
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