Si bien realmente y en términos estrictos vivimos en ese barrio, no nos sentimos realmente de Harlem. ¿El motivo? Estamos a una calle de ninguna parte. Si viviéramos un poco más al este, o al oeste, nos consideraríamos de uno de los Upper, pero nuestra zona, aún no es Harlem realmente. Tiene su tranquilidad, pero no sus tiendas ni sus iglesias. Así que con nuestra Metrocard bajo el brazo nos fuimos al "Harlem Profundo" en busca de una iglesia llamada Antioch Baptist Church, donde van todos los turistas a ver el "espectáculo" Gospel. Nos costó encontrarla un poco, y cuando llegamos, había allí un montón de turistas agolpados en la puerta. Un buen hombre salió sonriendo, y nos dijo que ya no podían entrar más personas porque ya no quedaría hueco para los fieles. Todos salieron de allí despavoridos, y Judit y yo nos enoagimos de hombros, confiando en nuestra acostumbrada suerte, y nos fuimos en busca de otra iglesia Gospel. Nos habíamos asomado a una de camino a la Antioch, donde una espectacular soprano cantaba el final de la misa, y nos constaba que había otras muchas por la zona.
Así que tras comprar unos bagel de huevo, jamón york y queso por 1,5$, paseando encontramos un corro de gente. Alguien nos invitó a entrar a la iglesia, y allí nos encontramos con la tirita llena sin saber qué se cocía allí.
La "iglesia", no era más que un bajo con bancos y un protector al fondo. Había gente comentando cosas y riéndose. Nosotras escogimos un banco pegado a la pared del final, y aún no estábamos sentadas cuando un maravilloso sonido de trompeta llegó desde el fondo de la sala. ¿Ya había empezado la misa? ¡No! Sólo estaban haciendo tiempo, improvisando con sus instrumentos: trompetas, pandereta, timbales, batería... Era una música brillante y pegadiza, y todos se movían mientras tocaban. Aquello me emocionó, y me dieron ganas de levantarme a bailar. De hecho mi pierna se movía irremediablemente, pero preferí no moverme, porque... claro, aquello era una iglesia. Pronto me di cuenta de la tontería que dije. Cuando la misa empezó todos mis sentidos se pusieron alerta. Odio visitar una ciudad con una cámara de video bajo el brazo, porque no me permite ver los lugares con mis propios ojos, sino a través de una pequeña pantalla; y por esto aproveché la ocasión de no tener que grabar nada, porque simplemente no estaba permitido. No obstante puse a grabar audio con mi teléfono móvil, para poder escuchar aquel sonido otra vez.
Y ¡menos mal! No me quité la música de la cabeza en toda la mañana, y aún resuena por algún lugar de mi. No pude evitar que se me empañaran los ojos viendo como se hace REALMENTE la religión: en un bajo, sintiéndola dentro como la música, con tus amigos, y sin ninguna figura agonizante y sangrante a la que adorar. ¿Realmente creían en el mismo Dios que el que yo conozco? No podía ser. Pero... sí, así era. Allí, en un bajo limpio con asientos, con algún cuadro por allí, y algún adorno por allá, sin retratos de santos, ni cruces a la vista, vi y sentí más religión que en mi vida. Porque, al parecer, y según ellos, no necesitan una imagen de un Dios allí, porque la llevan dentro. Eso les permite hacer de cualquier lugar su iglesia. Si en algún momento de mi vida, he de decir OLÉ, que sea este.
Cosas tan mundanas como la colecta de dinero se hace genial allí: Se realiza igual que la toma de la Hostia, quien quiere va y pone en un sobre su dinero, y después lo hecha a una cesta. El sobre tiene un hueco para poner el nombre, y si lo pones.... ¡Después te mencionan y te aplauden! Nosotras dimos un par de dólares a esta increíble institución, y fuimos tan tontas de no poner nuestros nombres, pero es espectacular, ver como la gente se levantaba y le aplaudían, por haber dado su dinero. ¡Perfecto!
Cuando la misa acabó hacía un calor sofocante, pero aún así nos quedamos por Harlem viendo vestidos a 10$, zapatos de diseño a 15$, y bonitos pendientes por 2$. Lamentamos no tener dinero todavía, pero nos prometimos volver a esa calle con los bolsillos llenos, igual que hemos prometido ir a mil sitios en cuando nos den la maldita beca. Judi, sin embargo se compró unas bonitas botas de invierno por 5$ de ante y borreguito por dentro. Probablemente nunca las use en Canarias, pero no es fácil resistirse a unas botas de 5$!!!
Volvimos a casa y nos pusimos un chandal, mucho más informal que la ropa de la mañana para ir a visitar el infinito central park, del que aún nos quedan tantísimas cosas por ver. Quisimos aprovechar para pararnos en el edificio Dakota, donde Elton John vivió, y visitar también su "parque honorífico" Yo tenía mucha ilusión de ir al Dakota, no tanto por el cantante, sino porque la película de un libro que me gusta mucho, se rodó allí: La semilla del Diablo.
No obstante, cuando llegamos al Dakota que está justo en frente de Central Park caímos en que un domingo no es un buen momento para visitar sitios como ese: Solemos bajar en una parada cercana cuando vamos al cole, y nunca hay gente. Hoy parecía imposible sacar una foto sin cabezas de turistas.
Por esto, pasamos de largo, como si hubiéramos visto el Dokota y el tributo a Elton John miles de veces, y nos adentramos en central Park, para ver la mítica Sheep Meadow, explanada de Central Park que aparece en todas las películas. Claro que ya sabréis que en Central Park es difícil llegar al objetivo que uno quiere ver. Nos entretuvimos paseando y sacamos fotos de pequeñas explanadas con gente haciendo "cosas americanas", como poner música y patinar, jugar béisbol, discutir sobre los Mets y los Yankees, o lanzar la pelota apepinada del fútbol americano.
Allí conocimos a varias personas y un PRESUNTO FAMOSO me compró un CD de la mezcla musical que estaba sonando por allí. Después de esto, conseguimos a duras penas salir de central park, porque teníamos que comprar leche y algunas cosas para casa, y no queríamos que se hiciera tarde. Nuestra sorpresa fue... ¡que salimos por el sur de central park! Habíamos entrado bastante al norte, y sin darnos cuenta habíamos recorrido muchísimo camino serpenteando por el parque, ¡¡¡MÁS DE 20 MANZANAS!!!
No nos detuvimos al volver a casa por miedo a que cerraran el súper. Llegamos mientras este estaba abierto, y esta vez nos decidimos por comprar una garrafa de leche que salía más económica, por 3 dólares, y poco. Estamos a miércoles, y de esta fantástica leche, sólo queda la mitad de la garrafa. ¡Me encanta beberla sóla!
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