Ayer nos levantamos bien pronto con el objetivo de
conquistar una nueva parte en Nueva York: los barrios de SOHO, NOHO Y NOLITA.
Estos tres barrios deben su nombre a los juegos de palabras
que gustan tanto aquí:
SOHO: SOuth of HOuston st.
NOHO: NOrth of HOuston st.
NOLITA: NOrth of LIttle ITAly.
No hay aquí una atracción turística en particular, que no
sea pasear por sus calles llenas de tiendas exclusivas y sus zonas
residenciales con alquileres disparatados, pero eso es suficiente para
disfrutar el barrio, muy diferente al resto de Manhattan.
La zona residencial me pareció espectacular, la mejor que he
visto en Manhattan sin duda alguna. Todo estaba tranquilo, y había un ambiente
de vecindario entrañable por todos lados.
Había tiendas que no parecían nada asequibles, pero que en realidad lo eran, y viceversa. Lo que era innegable es que todas tenían un factor común: la exclusividad y el glamour propio de la zona.
Pronto, cuando el sol empezó a dar su acostumbrado calor, fuimos entrando en el Soho, y las cosas fueron volviéndose aún más pijas todavía. Ya empezaba a aparecer gente paseando, aunque nadie llevaba bolsas todavía, cosa que yo no conseguía entender. ¿Tampoco tendían dinero? Yo quería comprarmelo todo, pero cualquier cosa que veía, no bajaba de los mil dólares. Finalmente me di por vencida, y me dije que el dinero que me quedaba en la cuenta no sería suficiente ni para la propina de la compra. Así que disfruté de los escaparates como buena pobre de clase media-baja, feliz como una perdiz de estar allí.
Empezaron poco a poco a aparecer galerías de arte de famosos aquí y allá, marcas muy conocidas, artículos imposibles en los escaparates, y zapatos metidos en heladeras. Justo cuando pensabas que la cosa no podía volverse más rara, lo hacía con algo insólito en la siguiente esquina.
No podía parar de sonreír viendo todo lo que había por allí, pero, bueno, no sé si por ser mujer, o por qué sería, pero en cierto modo me apenaba no tener nada de lo había por allí. Sin embargo, nuestra próxima parada me subió el ánimo en un momento: Apple Store Soho.
Disfruté como una enana allí dentro. Como dato curioso os diré, que en esta última foto, si miráis detrás de los dos chicos que hay frente a la escalera, veréis un proyector, ¿verdad? Pues enfrente estaba lleno de sillas, y de gente tomando apuntes porque estaban haciendo un tutorial sobre como manejar ciertas aplicaciones. ¡Muy interesante! Cuando salimos, me encontré con algo que me pareció fuera de lugar, pero el buen hombre del puestecillo me dejó sacar una foto a los guiones de películas que vendía en una calle tan exclusiva como aquella.
Otra de las paradas programadas para el día era la antigua catedral de San Patricio. ¿Recordáis aquella decepción de catedral? Pues esto qué veis a continuación fue su predecesora. No estaba abierta al público y no lo lamenté. Prefería seguir viendo escaparates, y dejar las iglesias para cuando fuera a Roma, donde Bernini y Borromini me esperarían con los brazos abiertos.
La siguiente tienda me fascinó: era una sucursal del Moma, dónde se vendían artículos diseñados por estudiantes o gente te tiene buenas ideas. Había artículos imposibles, pero de lo más útiles, que jamás os abrías imaginado que existirían. Bolsos hechos de plástico de burbujas, un frutero que podías cambiar de tamaño según la fruta que hubiera dentro, lámparas de materiales reciclados y mil cosas más. Había otras cosas que quizá no fueran útiles, pero sí ingeniosas y divertidas, como por ejemplo, una baraja de cartas, creada exclusivamente para hacer castillos enormes. Esta primera foto que vais a ver es una premonición de algo que me pienso llevar a Valencia: Esos artilugios son calendarios eternos, que funcionan con un sistema de imanes ingenioso y de lo más decorativo.
A continuación, y sin quererlo aceleré el paso: Siguiente parada... EVOLUTION. Era una tienda que prometía ser mi favorita en NY, y no me decepcionó en ningún aspecto, -bueno, quizá en el precio-. Allí puedes encontrar cosas imposibles: Insectos en ámbar, telarañas fosilizadas en cristal, esqueletos de mil cosas, tarros con pelo de mamut, piruletas con gusanos de picapica dentro, grillos con sabor a bacon, y hasta fósiles. Las cosas más antiguas son, como debe ser, las más caras, pero se pueden encontrar artículos interesantes a precios asequibles.
Salimos tristes de la tienda, aún con las manos vacías, maldiciendo al hombre que tiene la obligación moral de ordenar el pago de nuestra beca, por eso, comimos en Nolita una pizza y una soda por 3$, antes de ir a otro maravilloso parque de Nueva York.
El Washington Square Park es un parque muy especial, donde tiene cabida todo tipo de gente, que va a realizar actividades muy diversas.
En la parte más externa del parque se organizan torneos de ajedrez habitualmente. Las mesas son de obra, pero no supimos si las fichas las llevaba la gente o ya estaban allí. Lo que sí que es cierto es que todas las fichas eran iguales... debimos haber preguntado a cualquiera, ¡todas las mesas estaban ocupadas por público de lo más variopinto.
Entorno hacia el centro de la plaza, hay grandes extensiones de césped dónde la gente toma el sol apaciblemente, en bikini, como si de la playa se tratase. Tras una extensión de césped, particularmente grande, hay un parque para perros, con doble puerta para que no se escapen, donde tienen un montón de juguetes para ellos, una fuentecita para tomar un baño, una zona de "lavado" con mangueras para asearse, y para los dueños, bancos a la sombra donde esperar a sus mascotas.
En el centro de la plaza hay una fuente con escaleras internas, y un gran chorro de agua de unos 6 metros de alto. La gente se sienta en las escaleras con los pies dentro del agua mientras leen un libro oyendo lo que ocurre a su alrededor. Y es que entorno a la fuente hay una extensión bastante grande que los jóvenes, y no tan jóvenes aprovechan para hacer manifestaciones y protestas, frente al arco que cierra la plaza al norte.
Este arco separa toda la zona bohemia y artística -los villages-, de la parte "bussines" de la ciudad, y representa la libertad de expresión que caracteriza a América.
A esta plaza dan un montón de casitas como las que os he puesto en las fotos de aquí abajo, que no son ni más ni menos que las residencias de estudiantes de la Universidad de Nueva York, que rodea el Wishington Square Park. El hecho de que las universidades privadas en EEUU valgan 70000$ anuales, supongo que tendrá algo que ver con todo esto.
No nos dejaron visitar la Universidad, ni tampoco el jardín de las residencias, pero en cierto modo lo agradecimos. Los kilómetros empezaban a pesarnos en los pies, y el tiempo apremiaba. Teníamos que volver a coger los libros para ir a clase. Hoy no habría tiempo para las llamadas. La ciudad nos había absorbido un día más.
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