Estuvimos cerca de tres horas en el museo y sólo acertamos a ver dos plantas de cuatro. La parte de cultura la vimos someramente, y nos detuvimos en las partes más elaboradas y con menos texto. Nos supo fatal tener que irnos a clase, con el museo a mitad de verlo. Eso trajo a nuestra cabeza el problema del horario de las clases. Y con esto fuimos a la escuela, donde justo al entrar una mujer mucho más amable que la del día anterior nos propuso una perfecta solución: nos habló de un horario de 6 de la tarde a 10 de la noche, de lunes a jueves. Y además, como tenemos que hacer 20 horas semanales, y eso suman 16, nos dejó escoger entre hacer las cuatro horas restantes en sábado o domingo. El horario nos parece perfecto, totalmente. No obstante tenía que confirmar qué iba a pasar, y si tenían hueco para Judit en los niveles inferiores, que están muy muy llenos. Así que cruzando los dedos salimos dispuestas a terminar de ver el museo de Historia Natural.
¿Recordáis que dije que por la mañana se estaba muy bien en la calle? Debimos suponer que el bajón de temperaturas supondría un prematuro Diluvio Universal.
La tormenta acojonó a mi buena compañera de viaje, que acostumbrada al tostado sol Canario, creyó realmente que se acababa el mundo. Su cara lo decía todo: jamás había visto llover así. Para los residentes en Valencia os diré que la tormenta fue como la típica de verano, con gotas enormes. La única diferencia es que no parecía que fuera a escampar. Realmente no lo hizo hasta pasadas las diez de la noche. No obstante, retomando la historia, imaginadnos recién salidas de clase frente al percal que presentaba en Broadway. Por suerte, mi buen cuñado Sento, contribuyó a mi viaje con un práctico paraguas de viaje, que estaba en perfecto estado. Judit tuvo que conformarse con meter en el bolso uno que estaba por nuestra habitación, que también parecía estar en perfecto estado. Insisto, PARECÍA.
Cuando se abrió aquello, y dos varillas saltaron alegres de entre los pliegues del artilugio, decidimos dejar, -entre risas-, el resto del museo de historia natural para otro momento. Pero eso no significaba volver a casa en ese momento preciso. Había justo en la esquina contigua un típico dinner americano, parecido al Tick Tock Dinner de nuestro primer día, sólo que más caro. No obstante, dadas las circunstancias, nos pareció un momento perfecto para entrar y probar las míticas tartas americanas:
5$ bien invertidos en mi tarta de fresa. Deliciosa, igual que la de chocolate. Atención en la siguiente foto el tamaño del "cake". Debo decir, que pese al precio del Dinner, el servicio era sustancialmente mejor que en el Tick Tock. Debe ser porque el Tick Tock estaba llenísimo, y los camareros iban con prisa. De igual manera, vayas donde vayas en Nueva York, el trato va a ser infinitamente mejor que en España, y el resto de países que he visitado.
Resultó de lo más agradable tomar tarta allí, mientras la lluvia caía fuera. Tras tomarla tranquilamente, una hora más tarde decidimos volver a casa, intentando llegar lo menos mojadas posible. Tarea que no tuvo resultado positivo:
Estábamos empapadas, y nos dio pena llegar tan pronto a casa, pero allí estaba Prinston, despierto todavía, y jugando por la casa, cosa que no suele ocurrir cuando llegamos por la tarde. Se quedó con nosotras un buen rato, hasta su cena, mientras yo le enseñaba las fotos del viaje, y palabras en español, y él a mi palabras en inglés. ¡Lo pasamos muy bien! (Nótese en la foto las manos a lo Spiderman.)
Que raro que no hubiera ningun texto en otros idiomas en el museo! Sobre todo el español, con la de hispanos que hay en los USA...
ResponderEliminarPor cierto, me hace gracia lo de la "típica tormenta" Ahora en España, por no tener, no tenemos ya ni lluvia jaja, aprovechala!! : P
PD: que gracioso el niño!